Literatura del Jerez
EL JEREZ EN LA LITERATURA

Jerez y el Jerez en Somerset Maugham

“This is a civilized drink”
(“Ésta es una bebida civilizada”)
“Happy Couple” de W. S. Maugham

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La cita que encabeza este artículo pertenece al prestigioso escritor inglés, William Somerset Maugham, autor del “El filo de la navaja”. Dicha cita está incluida en la colección de elogios que sobre el jerez hicieron destacadas personalidades de la cultura universal, y que están expuestas en un reservado de la bodega de San Gines de la Jara del Consejo Regulador de los vinos de Jerez.

Si queremos saber algo más sobre ella y su autor, y las relaciones que pudo tener con la ciudad del famoso vino, así como la predilección que mostró por ellos a lo largo de su vida, poco o nada nos sabrán decir los que la eligieron para adornar aquella estancia tan especial.

A este aspecto tan desconocido de las relaciones de los vinos de Jerez con la cultura, y concretamente con la literatura y sus creadores, hemos dedicado una serie de trabajos a lo largo de estos últimos años. Es difícil entender que todavía haya tal desconocimiento, tan escasos datos para comprender cómo generaciones y generaciones de escritores hicieron de Jerez, atraídos por sus vinos, un lugar de peregrinación.

Entre los españoles se pueden mencionar a Leopoldo Alas Clarín, que dejó signada una bota en 1863, al estigmatizado Vicente Blasco Ibáñez, con igual recuerdo en 1904, o al insigne novelista, Benito Pérez Galdós, que con conocimiento de causa lo menciona en más de treinta y dos de sus obras. En el ámbito internacional la relación es asombrosa: el americano, Washington Irving, en 1828, el francés, Alejandro Dumas, en 1846, el ruso, Iliá Ehrenburg, en 1931, o Vargas Llosa y Octavio Paz, en fechas más recientes.

El neoyorquino Paul Bowles, en su popular obra, “El cielo protector” (1949), utilizaba al personaje de Port para rememorar su paso por Jerez: “recordó las frescas bodegas de Jerez donde le habían ofrecido un Tío Pepe”.

¡Cuán diferente sería esta circunstancia si este trasiego de ilustres artistas hubiesen paseado por la ciudad, cuna de algún otro famoso vino, y lo hubiesen alabado de la misma manera que lo han hecho con Jerez y el jerez! Seguramente sus itinerarios estarían señalizados como santuarios.

Con Somerset Maugham ocurre algo parecido. En Jerez nadie se ha preocupado por averiguar porqué dejó escrita aquella frase, dirigida a Miss Gray, en boca del magistrado del relato de “Una pareja feliz”.

William Somerset Maugham nació en París, ya que su padre formaba parte del cuerpo diplomático de la embajada, en 1874. Su vida parecía predestinada por sus padres que querían que se dedicara al Derecho. Sin embargo, su leve tartamudez hizo que durante seis años estudiara medicina en Heidelberg y Londres; profesión que ejerció poco tiempo debido al éxito obtenido, en 1897, con su primera novela, “Liza de Lambeth”.

Desde esa fecha él mismo iba a marcar el rumbo en su camino voluntariamente escogido de la literatura, colocando su felicidad y voluntad por encima de los deseos familiares, e incluso de los de la hipócrita sociedad victoriana, que ya apuntaba su decadencia.

Hizo sus maletas y se vino a España, él mismo lo cuenta en sus memorias, “Recapitulación”, escritas en 1938: “...abandoné la Medicina para dedicarme definitivamente a la literatura y me fui a España”. Quedó tan impresionado de nuestras costumbres, arte, gastronomía, folklore, que a él volvería cada vez que podía: “Volví a España año tras año”.

Durante varios años vivió en Sevilla, en la calle Guzmán el Bueno. En esta ciudad frecuentaba el tabanco de don Fernando, donde se le veía catando manzanilla y jamón serrano, como lo cuenta en su otro libro de viajes y recuerdos: “Don Fernando, or Variations on some Spanish Thems”, de 1935: “Mis recuerdos me llevan a una taberna de Sevilla, cerca de la calle Sierpes, donde la Manzanilla era buena y el posadero conseguía sus jamones de Extremadura”.

Este hecho, crucial para Maugham, iba a tener una feliz consecuencia en nuestra historia local al posibilitar el encuentro entre el escritor, de veintitrés años, con Andalucía, con los vinos de Jerez y con la ciudad, que definió así en su libro de viajes, publicado en 1905, y aún no traducido al castellano, “The Land of Blessed Virgin. Sketches and Impressions of Andalusia” : “Jerez la Blanca es, desde luego, el hogar del sherry”.

Aún no sabemos las ocultas motivaciones que le hizo tomar la decisión de instalarse en Andalucía y recorrer su geografía. Tal vez, de forma inconsciente siguiera una costumbre inculcada entre los intelectuales británicos desde hacia siglos: beber el famoso vino en su misma fuente. Así lo dejó escrito, en 1809, otro importante personaje inglés que viviría una experiencia similar en nuestra zona, Lord Byron.

Posteriormente, en 1929, atraído por esa llamada ancestral, recalaría otro famoso paisano suyo, Aldous Huxley, que continuaría con esa vieja tradición británica.

En el curioso libro, antes mencionado, “Andalusía”, en el capitulo XXXVII, se hace una atractiva descripción de Jerez no exenta, todavía, de un halo entre ideal y romántico que impregna sus páginas: “Es una pequeña ciudad en la mitad de una fértil planicie. Limpia, confortable y amplia”; para unas líneas más adelante hablar del centro de ciudad: “La calle principal, con sus elegantes tiendas y cafés, tiene el ambiente de una ciudad francesa de provincias; una apariencia apacible y lánguida”.

Nos describe a sus moradores, por los que se siente atraído: “Me gustan los jerezanos; su habitual expresión sugiere que son conscientes de que el Todopoderoso se complace con ellos, y ellos, a su vez, bendicen su nombre”.

Pero, sobre todo, son sus vinos los que centra su atención: “Porque Jerez es como un estandarte flotando en un cielo claro, el puro estandarte de Baco...”. El olor que transmite sus bodegas le impresiona: “Todo el lugar está cargado de una limpia fragancia y perfumes de vinos”, por eso el aire de la ciudad: “...está impregnado de un rico olor”. Un olor que con la constante destrucción de los cascos de bodegas está desapareciendo de forma paulatina.

Una vez de vuelta a su país, Maugham fue logrando éxito tras éxito con sus creaciones en diferentes géneros: novela, teatro, ensayo y relato corto. En los años treinta era aclamado como el escritor mejor pagado en el mundo. En 1928, a causa de sus escandalosas relaciones con el americano, Gerald Haxton, abandonó de nuevo su país para vivir un “exilio” dorado en la Riviera francesa, acompañado de su amante con el que convivió durante veinticinco años.

Durante ese nuevo periodo de su vida, nuestro extravagante personaje no olvidó su paso por el sur de España y, sobre todo, nuestros vinos. En las dos novelas donde se hace referencia al jerez, éste lo hace en forma de candiel. En “La señora Craddock” (1902), uno de los personajes expresa de forma enérgica; “Insisto en beberme una copa de jerez con dos huevos batidos antes de salir”.

Y, en su obra más famosa, “Servidumbre humana” (1915), de ribetes autobiográficos, se describe una escena donde el vicario, antes de impartir misa se toma su vigorizante candiel: “La criada corría luego a buscar un huevo, la señora Carey lo batía en una copa de jerez, y el pastor se lo bebía de un sorbo”.

Hay que tener en cuenta que Maugham destacó enormemente en el relato corto. Por ese motivo es más abundante la presencia del jerez en éstos. Estas menciones las hemos localizado en tres de ellos, escritos en diferentes momentos de su vida.

Uno de estos, “La joven romántica”, transcurre, ¡cómo no!, en Sevilla, teniendo como asunto la comidilla que provoca la boda de una joven aristócrata con un plebeyo. La Manzanilla, su jerez preferido, se hace presente una vez más: “Los camareros estuvieron ocupados llevando bandejas con copitas de Manzanilla...”.

Y en “The Colonel´s Lady” y “His excellency”, tanto el oficial, de la primera, como el diplomático, de la segunda, eligen un “sherry” como el mejor aperitivo antes de comer”.

El autor de “La luna y seis peniques”, dejaría para la posteridad otras obras donde está presente la huella dejada por su amor a España y a su historia, una constante en sus escritos. Por eso no hay que olvidar en esta relación su comedia teatral, de 1908, “The Noble Spaniard”, y su novela, “Catalina”, de 1948, donde las visiones místicas de una joven son manipuladas por los pícaros y tunantes de siempre.

Maugham falleció plácidamente a los 91 años, en su mansión cercana a Niza.

Para finalizar en este punto tan solo se podría decir, recordando las experiencias vividas durante su visita a Jerez, lo que dejó escrito el propio Somerset Maugham : “Ah, the beautiful things I have seen which other men have not” (Ah! Las hermosas cosas que yo he visto y que otros hombres no han podido ver”).

 

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