El inglés Richard
Ford (1796-1858), que viajó por distintos lugares de España,
visitó la provincia de Cádiz entre 1830 y 1833. Esta
experiencia quedó reflejada en su libro-guía “
A Handbook for travellers in Spain ” (1845), un clásico
del género, y un retrato de la España del momento.
Ford llegó
a escribir, con pasión no exenta de sabiduría, de
los usos y costumbres de la sociedad española de mediados
del siglo XIX, entre las que se incluía el consumo del afamado
vino andaluz. Sobre el mismo escribió lo siguiente: “
Los españoles, en general, conocen poco el jerez, exceptuando
los que viven en la inmediata vecindad de la comarca en que se produce,
y puede asegurarse que se consume más en los cuarteles de
Gibraltar que en Madrid, Toledo o Salamanca.El
jerez es un vino extranjero, hecho y consumido por extranjeros,
y los españoles no suelen ser aficionados a su aroma fuerte,
y menos aun a su alto precio, aun cuando algunos lo acepten por
la gran boga que tiene en Inglaterra, que quiere decir que la civilización
lo ha adoptado ”.
Curiosamente,
años más tarde, T.S. Eliot y Somerset Maugham la definirían
como:“ bebida civilizada ”.
Esta descripción
de la situación que vivía los vinos jerezanos en nuestro
país por la época de mayor expansión de nuestros
caldos podía extenderse al mundo de la creación literaria
que llegaría, sin muchos cambios, hasta nuestros días.
Es decir, la escasa aceptación que el jerez, salvo honrosas
excepciones que detallaremos a continuación, ha tenido entre
los escritores españoles del XIX.
Que concentremos nuestra
atención en este siglo tiene un motivo claro, las escasas
menciones que en los siglos anteriores le dedicaron nuestros creadores
a los vinos de la zona, a diferencia de lo ocurrido en la literatura
anglosajona desde el siglo XVI. Baste recordar a los autores isabelinos
Ben Jonson, William Shakespeare o Thomas Middleton, que transmitieron
a las futuras generaciones literarias, incluidas la del otro lado
del Atlántico, su pasión por el sack o sherry.
A este hecho, en apariencia
intrascendente, se le ha prestado poca atención por parte
de los investigadores, si exceptuamos los artículos de Marieta
Cantos y González Troyano, considerando que de su estudio
pueden concluirse unas consecuencias muy interesantes si la comparamos
con la de otros países como la británica o la norteamericana.
Será
en la segunda mitad del XIX cuando nuestros vinos hagan su aparición
en obras literarias de trascendencia de forma clara y contundente.
Sin embargo, muchas de estas referencias se harán teniendo
como apoyo alguna figura extranjera, o por aceptación de
una costumbre foránea más que algo tradicional nuestro,
como queda de manifiesto en “ La Gaviota ” escrita por
Fernán Caballero (1796-1879), en 1849: “... este
Ayax de treinta años, que devora cuatro libras de carne en
beef stake, y se bebe tres botella de Jerez de una sentada...”
Algo parecido
nos vamos a encontrar en Benito Pérez Galdós (1843-1920),
que pasó por Jerez, como se evidencia en su relato “
Theros ” (1877); donde después de visitar una bodega,
tal vez González-Byass, dice: “ Yo fui de los seducidos,
y antes de que el tren partiera me llené el cuerpo de rayos
de sol ”
Galdós es el autor
español que en más ocasiones ha dejado patente su
interés por el jerez. Como se hace constar en cinco de sus
novelas, cuatro episodios nacionales y un relato corto.
Posiblemente este hecho,
unido a la trascendencia de su obra, sería tenido en cuenta
por el Ayuntamiento para designar, allá por 1915, a la antigua
calle Armas con el nombre del escritor isleño, que ahora
reivindica su reposición el Cine-Club Popular de Jerez.
Retomando el hilo de
nuestro argumento, Galdós, en tres de sus populares episodios
nacionales, dos de ellos desarrollados en la provincia de Cádiz,
hará que personajes ingleses consuman y ensalcen los vinos
jerezanos.
Así en
“ Trafalgar ” (1873), Malespina cuenta la afición
del rey Jorge III de “ almorzar con él pescadillas
y unas cañitas de Jerez ”
Por otra parte,
en “ Cádiz ” (1874), hace exclamar a Lord Gray,
después de darse “ trato de príncipe en
la comida, y durante toda ella ( no tener ) un momento de sosiego
los vasos llenos de la mejor sangre de las cepas de Montilla, Jerez
y Sanlucar ”: “ Si Dios no hubiese hecho a
Jerez, ¡cuán imperfecta sería su obra! ”.
Finalmente,
en “ La batalla de Arapiles ” (1875), un grupo de comensales
brinda a la salud de Inglaterra y España con “ botellas
de vino de jerez ”, que trajeron los criados ingleses.
En una de sus
grandes creaciones , “ Fortunata y Jacinta ” (1867),
Galdós, además de desarrollar algunos momentos de
la historia en la provincia, hace que sus personajes, como Juanito
Santacruz, beban manzanilla y jerez “ para asimilarse
a Andalucía y sentirla bien en sí ”.
En esta misma obra son
frecuentes las situaciones en las que es consumido por prescripción
médica, otro de los usos que al jerez se la da con frecuencia
en los relatos de estos escritores.
En este caso, Galdós,
como otros intelectuales de la época, no sería ajeno
a la tradición popular que hace conferir a los distintos
tipos de nuestros jereces propiedades tónicas y terapéuticas;
no en vano en el catálogo de la farmacopea americana de 1850,
y el inglés, de 1851, lo habían registrado en sus
índices con el término de “ Vinum Xericum ”;
con esa finalidad lo utilizaron, para ellos mismos y sus pacientes,
los doctores Henry Sayer y Nathaniel Hodges, como un arma más
para combatir los efectos de las epidemias que sufrió Inglaterra
en 1645 y 1665.
De esta forma,
Severiana, detalla lo prescrito por el médico a la enferma:
“ el doctor había mandado que se le diera doble
dosis de la nuez vómica, seguir con las cucharadas por la
noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el Jerez
o Pajarete ”
En otro momento
se dice que lo ha mandado el médico: “ Para pasar
el caldo tenemos que dárselo con Jerez ”.
En los últimos
instantes de vida, Mauricia, pedía “ más
jerez ”.
De igual manera
en “ La de Bringas ” (1884), el escritor insular, escribe:
“ El médico me dice que tome un dedito de Jerez
”. Este valor reconstituyente se plasma en un momento de la
acción de “ Luchana ” (1899): “...
hallándome bastante desfallecida y con un poquito de susto
en mi pobre espíritu, le rogué que mandasen me dieran
una taza de caldo. Pediré otra para mí; y además
dos copitas de jerez con sus bizcochos correspondientes ...”
Pasando a los
aspectos sociales, el jerez, se destaca por dar un toque de distinción
a la persona que lo consume y prestigio a la casa que lo posee.
En “ Misericordia ” (1897), Doña Paca, en un
deseo de aparentar, propone a su criada, Nina, “... que
se trajeran a Frasquito dos botellas de jerez, pavo en gelatina,
huevo hilado y cabeza de jabalí ”
Como no, la gastronomía
más selecta es el marco ideal para el jerez, como se lee
en “ Doctor Centeno ” (1883), “ Felipe oyó
hablar de Jerez, de empanadas de anguilas, de capones cebados, de
escabechadas truchas ”.
Los jóvenes del
momento lo consumían en los lugares de moda, en “ La
Fontana de Oro ” (1867), “ La onza semestral del Doctrino
perecía en Lorencini o en la Fontana en dos días de
café, chocolate y Jerez ...”
Estos autores
eran también buenos conocedores de las distintas variedades
que producía la uva del marco, así podemos leer hermosas
palabras a la manzanilla y el amontillado en “ El Doctor Centeno
”: “ paladeándolo y gustándolo con
más chasqueteo de la lengua que si fuera manzanilla de Sanlucar
o amontillado de treinta años ”
A Galdós se le
unirá Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), con su
relato “ El asistente” (1854), Armando Palacio Valdés
(1853-1938), con su novela “ Los majos de Cádiz ”
(1896), y Larra (1809-1837) con su cuento “ El castellano
viejo ” (1812) en los que la manzanilla es un elemento destacado.
Enlazándola en
este apartado habría que mencionar “ Insolación
” (1889), de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), ¡
Válgame Dios, y qué virtud tan rara tienen la manzanilla
y el jerez sobre todo cuando están encabezados y compuestos
”!
Pardo Bazán
nos ofrece una amplia panoplia de referencias al jerez, desde la
figura del inglés, “ los ingleses se achispan;
conformes: pero se achispan con sherry, con cerveza ó con
esas bebidas endiabladas que ellos usan ”; pasando a
una publicidad descarada de una conocida marca “ Todas las
penas ajogadas por el Tio Pepe se fueron á paseo ”.
Para rematar
la faena unas líneas cargadas, sin querer, de actualidad:
“ Pacheco alargó á la recién venida
unas monedas y un vaso de Jerez ”.
Finalmente, dos autores,
como el Padre Luis Coloma (1851-1915), y Leopoldo Alás Clarín.
Uno del sur, de Jerez mismo, y otro del frío norte, se unen
a los demás para dejar claro que el jerez es uno de los mejores
vinos del mundo.
Con “
Pequeñeces ” (1891), que le lanza a la fama, Coloma
introduce ese toque aristocrático del vino “ la
señora de López Moreno añadió muy conmovida
que ella le enviaba todos los años una pipa de doce arrobas
del riquísimo moscatel de sus soleras jerezanas ”.
El gran maestro
de la pluma, Clarín, no deja pasar en “ Su único
hijo ” (1890), la oportunidad para halagar nuestro oído
de jerezano, “ Sin saber por qué se acordó
de haber oído describir las bodegas de Jerez y las soleras
de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigüedad sagrada
”, para completar con “... Emma, que bebía a
los postres una copa de jerez superior auténtico, traído
directamente, por encargo de la señora, de las bodegas jerezanas
...”.
El siglo venidero no
sería tan beneficioso para el jerez, ni en el aspecto comercial
ni en el literario, a pesar de que van a ver la luz dos de los mejores
retratos de la sociedad vinatera jerezana: “ La bodega ”
(1905), de Blasco Ibáñez, y “ Dos días
de setiembre ” (1962), de nuestro paisano José Manuel
Caballero Bonald.
Pero esto es asunto para
un nuevo artículo, el jerez en la literatura española
del siglo XX, sus alusiones en las obras de Aldecoa, Marsé,
Larreta, Alberti, Muñoz Seca, Arturo Barea, Gala, Pérez-Reverte,
hermanos Machado, Fernán-Gómez, etc.