Literatura del Jerez
EL JEREZ EN LA LITERATURA

La manzanilla, un vino para beber y leer

“Mis recuerdos me llevan a una taberna de Sevilla,
cerca de la calle Sierpes, donde la manzanilla era buena”
“Don Fernando” de W. S. Maugham

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La escritora Paz Ivison dejó escrito en un artículo de la revista “Leer”, dedicado a la literatura de las bodegas, que: “el jerez, con tantos años siglos a sus espaldas, no ha encontrado quien le escriba. Aunque probablemente haya sido el vino más literario de todos los españoles”.

Nosotros, en la serie trabajos escritos sobre este asunto, reafirmamos esa aseveración, intentando a la vez paliar ese vacío documental con la localización y análisis de las múltiples menciones que sobre los vinos de Jerez se pueden encontrar en la literatura universal de estos últimos cinco siglos.

Ahora, que el vino de Jerez está sufriendo una profunda crisis, debido a múltiples factores, se hace necesario un rastreo a fondo en su historia, algo que está por hacer todavía; buscar sus entronques culturales, entre los que se encuentra la opinión que sobre sus diferentes tipos han vertido las grandes plumas del arte de la escritura: novelistas, dramaturgos, poetas, filósofos, pensadores e intelectuales.

La Manzanilla, suave y exquisita variante del fino que se cría exclusivamente en la localidad costera de Sanlucar de Barrameda, forma parte de la gran familia de los jereces. Sus especiales peculiaridades, ligeramente amarga, de color brillante, entre el verde pálido y el oro, con un característico aroma que recuerda al de la manzana, ha sido objeto de especial atención tanto de escritores nacionales como de los extranjeros. Entre los primeros nos podemos encontrar, junto a otros, a Antonio Machado, Pérez Reverte, Aldecoa, Bécquer, Pardo Bazán, Larra, Pérez Galdós o Palacio Valdés, y en los segundos a Marguerite Durás, Anthony Burgess, Ruth Rendell, Robert Harris, John Fowles, e incluso el cubano, José Martí. .

La más antigua referencia que sobre la Manzanilla hemos podido encontrar en una creación literaria ha sido en la obra de Juan Pérez de Montalbán (1602-1638), “La monja alférez”, escrita alrededor de 1626, cuando el sargento se expresa del siguiente modo. “me beberé los responsos en vino de manzanilla y ya verá la difunta si esto es mejor que la misa”. Un título y una fecha a tener en cuenta.

Habrá que esperar hasta el siglo XIX, con el esplendor de los vinos jerezanos en el mundo, para volvernos a topar con la Manzanilla en las obras de los escritores de prestigio. De esta manera, coincidiendo en el año 1832, Mariano José de Larra (1809-1837), en su cuento “El castellano viejo”, escribe: “(...) don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito que he rehusado en su misma copa”, y Ramón Mesonero Romanos (1803-1882), en su relato, “El aguinaldo”, incluido en su recopilación de “Escenas matritenses”, describe esta escena: “Y en esto entraban ya por la sala tres mozos cargados con seis barriles de Peralta, Pedro Jiménez, Manzanilla...”.

La Manzanilla es el fino más apropiado para la feria, como parece indicar Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), en su escrito “La feria de Sevilla”, al hablar de los tipos y costumbres de esta ciudad: “(...) donde se bebe la manzanilla en cañas y se venden pescadillas de Cádiz y se fríen buñuelos”. En este punto coincide con Serafín Estébanez Calderón (1799-1867), cuando en su escena andaluza de “Feria de Mairena”, la Manzanilla compite en calidad y precio con otros vinos: “Los vinos extranjeros ceden allí al famoso y barato manzanilla”.

También es el vino predilecto de los gaditanos, como lo corrobora Armando Palacio y Valdés (1853-1938), en “Los majos de Cádiz”(1896): “(...) después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó de manzanilla”. Igualmente, Galdós expone en “Mendizábal” (1899): “Vas a Cádiz, la causa de nuestras libertades, como decís los patriotas, y allí vivirás como un príncipe, y harás conquistas y beberás la rica manzanilla”.

Su fama y aceptación la lleva a la capital del reino, donde se produce el fraude del tan demandado vino andaluz. Así lo refleja Emilia Pardo Bazán (1851-1921), en su novela escrita en 1889, “Insolación”: “(...) tentaba aquel vinillo claro. ¡Manzanilla superior! ¡A cualquier cosa llaman superior aquí. La manzanilla dichosa sabía a esparto, a piedra alumbre y a demonios coronados (...)”.

En esta relación de autores españoles del siglo XIX que trasladaron a las páginas de sus escritos su aceptación por la Manzanilla, o bien reflejaron en ellas lo observado en los usos y costumbres de vida cotidiana de la España del momento, destaca el genial don Benito Pérez Galdós (1843-1920).

Galdós conocía bien la zona, y sabía apreciar nuestros caldos. Pasó por aquí, como lo demuestra su relato “Theros”, de 1877, y su extraordinario Episodio Nacional, “Cádiz”, de 1874. En seis de sus obras se hace presente la Manzanilla. De esta forma, en su magistral “Fortunata y Jacinta”, de 1886, plasma su punto de vista de una manera muy gráfica: “Bebió el Delfín muchas cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda la manzanilla que este pueda contener”.

El paso al siglo XX va a significar para la Manzanilla una disminución de su presencia en las letras españolas, que va a ser compensado en cambio por la introducción de esta en los libros de los escritores extranjeros, británicos, sobre todo..

Antes de dejar atrás nuestras fronteras hay que detenerse en tres autores españoles muy significativos de este nuevo siglo: Antonio Machado (1875-1939), Ignacio Aldecoa (1925-1969), y el autor más vendido del momento, Arturo Pérez Reverte.

Del primero nos quedamos con su bello poema, retrato fiel del señorito andaluz, “Coplas por la muerte de Don Guido”: “(...) diestro en manejar el caballo, y un maestro en refrescar la manzanilla”.

Aldecoa, en su destacada “Con el viento solano”, editada en 1956, pone en boca de sus personajes del mundo de los toros una Manzanilla de marca cuando se preguntan qué van a beber: “Una de la Guita”.

Por su parte, Pérez Reverte, en un título de la saga del capitán Alatriste , “El oro del rey”, le da proyección europea: “De modo que allí hubo vino de Jerez y Sanlucar para todos”.

En la cabecera de este artículo hemos utilizado una frase del escritor inglés, William Somerset Maugham (1874-1965). Maugham fue un enamorado de Andalucía, en la que vivió durante amplios periodos de tiempo. Su lugar preferido era Sevilla, como queda expuesto en el libro que recoge los recuerdos de su feliz estancia, “Don Fernando” (1935); “(...) la taberna de Don Fernando, las calles de Sevilla en verano (...), y el fresco y seco sabor de la manzanilla”.

De esta experiencia surgiría, en 1905, una curiosa obra, “The Land of Blessed Virgin: Sketches and Impresions of Andalucia”.

La magia de Sevilla y el especial sabor de la Manzanilla impregnó las páginas de la novela de misterio, escrita por Robert Wilson el pasado año, “El ciego de Sevilla” (The Blind Man in Seville).

Continuando con nuestros paisanos literatos, y ya en pleno siglo XX, un nombre hace temblar todavía los cimientos más profundos de bodegas y casas señoriales del Jerez más tradicional, Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928).

Otro afamado autor inglés que mostró su predilección por los vinos del Marco fue Anthony Burgess (1917-1993). Seguramente recibiría esta benéfica influencia mientras realizaba el servicio militar en Gibraltar. En su libro “One Clapping Hand”, de 1961, mientras que el personaje tomaba una copa de jerez, el color del cabello de la chica le recordaba al del vino sanluqueño: “Manzanilla was the colour”.
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Tampoco fueron ajenos a esta exquisita variedad de los finos de Jerez el enigmático autor de “El Mago”, John Fowles, cuando hace una curiosa comparación al relacionar las dos copas de Manzanilla que se suele tomar antes de la comida. Ni tampoco el victoriano A. E. W. Mason en su obra menor, “Crimen en Londres” (The House in Lordship), donde el aristocrático mister Richard prefiere “Manzanilla o Tío Pepe” antes de almorzar.

Frente a este monopolio absoluto de las relaciones de la manzanilla con la ficción literaria anglosajona traemos como ejemplo representativo la figura de la escritora francesa, Marguerite Duras (1914-1996).
Duras profesaba también una gran admiración por la cultura andaluza, por su gastronomía y por sus vinos, lo que dejó patente en el argumento desarrollado en nuestra tierra: “Díez horas y media de un día de verano”. Esta historia, escrita en 1960, está marcada por la presencia constante de la Manzanilla, que es traída en bandejas por los camareros: “(...) the waiters juggling trays of manzanilla and other sherries”.
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Para finalizar esta breve y apresurada exposición de los especiales vínculos que la Manzanilla ha establecido con la literatura y los literatos, me gustaría traer, aquí y ahora, la opinión de una persona experta en los dos aspectos tratados del vino y la literatura, como era José María Pemán (1897-1981): “Todo vino se bebe mejor si se bebe con literatura, ¿qué maravillas no podría lograr Jerez exhumando y poniendo en circulación tantas buenas letras como abonan su fuego estimulante?”.

 

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